Fábulas y complacencias

2014-10-13-11-18-53

¿Recuerdan la fábula del hombre, el niño y el burro? Aquella que contaba que eran juzgados por cada grupo de personas con quienes se encontraban: que si los dos van arriba del burro, mal por abusivos, que si los dos van abajo, mal por idiotas, vaya pues, que no había forma de tener contento a nadie.

En verdad me gustan esas fábulas, puedes llegar a encontrar más sabiduría allí que en escrituras sagradas o en complejos tratados filosóficos sobre moral. Son sencillas, describen problemas comunes y plantean una moraleja.

Uno nunca es demasiado viejo para reflexionar sobre ellas ante ciertas circunstancias, esto viene al caso porque una amiga me escribió preocupada para advertirme sobre lo que ella vio como un peligro que se cierne sobre mí, y es que se andan difundiendo “chismes” sobre mi persona tendientes a sembrar la opinión de que yo soy un terrible dictador de las redes sociales y que me dedico a “pendejear” y a “agredir” a cuanto inocente se cruza en mi camino. La evidencia de la acusación en el juicio en mi ausencia es un puñado de “ejemplos” sacados de contexto (por supuesto que no sería intriga con mi presencia, ni sin una buena dosis de tergiversación sumergidos en un caldo de intereses espurios).

No voy a indagar aquí en el porqué y para qué de esa ridícula intriga, mis máximas preocupaciones en la vida consisten en velar por la felicidad de mis seres queridos y tener bien surtida mi colección de té y whisky para las ocasiones del estudio y conversaciones con personas interesantes. Así que puedo ser generoso con los intrigantes y dejar que se salgan con la suya, en realidad no me interesa acudir ante ninguna autoridad a reclamar mi derecho al debido proceso.

Lo que sí es interesante es tratar el tema de cómo nos comunicamos cuando concurre algún debate o inquisición sobre nuestros dichos. En mi caso, la postura que adopto es variable, depende de la circunstancia. Por ejemplo, nunca reclamo que se me escriba o hable con comedimiento y cariño, eso es innecesario y ridículo, se puede ser tan amable o rudo con mis ideas así como mi interlocutor considere adecuado para sentar un punto y controvertir el mío, ya estoy suficientemente viejo y puedo lidiar con “tonos buenos” o “tonos malos” sin mayor problema. Lo difícil radica cuando la rudeza salta de ser contra las ideas a volcarse contra la persona, no me refiero a argumentos ad hominem (esos se refutan durante la conversación), me refiero a esas actitudes que buscan espetar en tu cara un desprecio a tu ser, a tu existencia, a las cosas que en general haces o dices.

En esos casos no hago concesiones, hay personas que vomitan comentarios como “este chavo no sabe lo que dice“, “qué hueva me das“, “ya vas a empezar a pontificar pendejadas“, incluso “macho culero, cobarde que me bloqueas y no dejas que te escupa” o el típico “está hablando sobre islam y como no estoy de acuerdo le diré a todo mundo que Montfort dice que si lo contradicen es por antizapatistas porque él dice que habla por el zapatismo“. Esas personas recibirán el repudio que merecen por el tiempo y ocasiones que yo decida, no encuentro deber ético alguno en ser colaborador del abuso, la burla y la difamación en mi contra, cualquier persona que crea que lo correcto es recibir esas agresiones del mismo modo en que Jesús recibió su tortura, puede solicitarme formalmente ser ejemplo de lo que predica para que yo lo tunda con insultos, créanme, puedo ser más ingenioso para ello que cualquiera de quienes lo han intentado contra mí.

Cosa aparte son las discusiones que sostengo con personas que no comparten mis opiniones y que, con comedimiento o rudeza, con razón o garrafalmente equivocados, me escriben para compartir sus pensamientos. A esas personas las trataré con respeto, y aclaro: respeto hacia sus personas, no hacia sus ideas. Ese respeto a sus personas significa que no los infantilizaré y trataré como niños o retrasados mentales con quienes debo ser condescendiente, cariñoso, o gentil hasta la náusea. Examinaré sus palabras, intentaré entender sus argumentos y valorarlos por sus propios méritos, ahí donde encuentre inconsistencias pregunto, ahí donde vea error de razonamiento lo señalo, ahí donde note ausencia de conocimientos intentaré colaborar para señalar un camino para investigar; en recompensa a ese respeto, espero el mismo trato.

Con la sujeción a estos mínimos principios, no se necesita que ninguna de las partes ceda y declare la victoria del otro, el objetivo del intercambio es que las partes comprendan un poco más sobre el pensamiento del otro y eso pueda servir para posteriores reflexiones que ayuden a cambiar nuestras opiniones o a que reforcemos nuestros argumentos.

Quienes prestan atención a las cosas que escribo y a las conversaciones que llego a tener saben que esto es verdad, y también saben que contra las personas que optan por la difamación y los insultos como el primer paso, no doy segundas oportunidades. Pueden tener la certeza de que me tomo muy seriamente las agresiones y que no hay vuelta atrás porque yo no estoy jugando a acercarme para escupirle en la cara a una persona que está tratando de expresar una idea, y luego correr a lloriquear porque el “tirano intolerante” se atrevió a alzar la mano para defenderse.

Así las cosas con la comunicación, no importa cómo hagas las cosas, nadie va a estar conforme nunca.

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