Pensamiento crítico y modales

“(El pensamiento crítico) es un proceso por el cual usamos nuestro conocimiento e inteligencia para llegar efectivamente a la más razonable y justificable posición en temas, y que trata de identificar y superar los numerosos obstáculos al pensamiento racional.”

Greg R. Haskins, en “Una guía práctica para el pensamiento crítico”, proponiendo una definición desde una perspectiva práctica.

 

Voy a iniciar esta disertación especulativa con el provocativo señalamiento de que no he seleccionado como epígrafe para este texto una cita fuera de contexto de un autor que me sirva como autoridad y cuyas palabras, que en su justo contexto no son aplicables a mis ideas, deberán ser interpretadas tal como la apologética cristiana suele hacerlo con versículos bíblicos aislados: justo del modo que convenga para salir al rescate de mis planteamientos.

El pensamiento crítico, tan bello y útil como podemos concebirlo, es sólo un proceso, no es un sistema de creencias. La propuesta de Haskins condensando los planteamientos de Robert Todd Carroll (quien a su vez trabaja las ideas de muchos otros pensadores) sobre el escepticismo, el examen inquisitivo de ideas y el pensamiento crítico, nos propone un buen punto de común y mínimo acuerdo sobre estos procesos para salvar las diferencias entre los que sí son sistemas de creencias, ideologías y cuerpos normativos éticos que dependen de las particularidades de historias individuales o colectivas.

La universalidad de los procesos o métodos dependen del grado de laxa sujeción a sistemas de creencias (en general) o éticos temporales (en particular), el grado en que el proceso funciona independientemente de la sazón de creencias de quienes lo practican, condiciona directamente  su eficacia. El máximo ejemplo de esto es el método científico, que puede ser practicado por personas de las más variadas influencias ideológicas; no importando esa diversidad, el método funcionará si se practica con fidelidad.

El proceso del pensamiento crítico no es una cerrada consecución de pasos, sino que estaría compuesto de hitos comunes, siendo el primero de ellos el reconocimiento de que el pensamiento crítico no es usado para llegar a la verdad sino para examinar posturas, y que la primera postura a examinar es la propia. Otros componentes son la identificación y caracterización de argumentos, la valoración de las fuentes de información y la evaluación final del argumento, todas ellas están ligadas con la lógica y el juicio sobre el valor de las evidencias, es decir, la distancia o cercanía entre ellas y el extremo que se desea acreditar.

Siendo el pensamiento crítico una forma, individual o colectiva, de examinar ideas, no cuenta entre los parámetros de su diseño con la cuestión relativa a los modos ni medios de comunicarse, unilateralmente ni en pleno debate. Ya contamos con muchos sistemas de conocimiento surgidos de diferentes y variadas corrientes ideológicas que han desarrollado formas de didáctica y retórica para hacer eficientes y productivos los procesos de comunicación.

¿Qué ocurriría si se aceptara la idea de que el pensamiento crítico requiere que la comunicación de las ideas involucre una forma particular de expresión, digamos, el arrastre del pie izquierdo mientras se camina en círculos aleteando los brazos como imitando a una gallina? Es probable que los caballeros de la Orden del Paso Jocoso estallen en albricias, pero quizás se sientan excluidos los parapléjicos.

Las convenciones sobre las formas y modos de comunicación deberían darse entre los grupos o personas directamente involucradas en cada debate. Las ideas sobre las mejores formas de comunicación están sujetas a examen por medio del propio pensamiento crítico, pero ellas no lo determinan a él.

Hay críticas a formas rudas o groseras de comunicación (se hacen como siendo objetivas pero en realidad sólo pueden blandir consideraciones subjetivas) que condicionan el reconocimiento de práctica del pensamiento crítico a los así llamados “buenos modos” de comunicarse. El gancho que se aplica es que los “malos modos” serían una forma de imposición de una “verdad”, o una exhibición ególatra de orgullo personal (como si las nociones de humildad y soberbia fuesen objetivas o universales), pero esto no es más que producto de una terrible confusión. El pensamiento crítico examina ideas, pero no es una forma de comunicarlas y mucho menos de llegar a la verdad, para ello contamos con otro tipo de métodos dependiendo de la naturaleza de la cosa que se desea conocer (el método científico, la teología, la economía política, por ejemplo). La comunicación de los resultados de evaluación de argumentos realizados a través del pensamiento crítico, sin importar cuán amable o groseramente se expresen, no constituyen la imposición de una “verdad”. Seamos francos en esto, no es tanto que alguien se imponga como que en realidad se trata de salvaguardar los sentimientos de quien porta las ideas que han sido criticadas, y esto por sí mismo es una postura ideológica.

Por supuesto, esto no significa que el objetivo del pensamiento crítico sea convertirse en un pretexto para que personas crueles lastimen a personas débiles, sin importar cuán dulce o maligno pueda verse eso en práctica bajo determinadas circunstancias, pero esto puede ocurrir sin que se altere lo sustantivo del proceso. De lo que se trata es de reconocer que no hay modo alguno de no ofender o no lastimar los sentimientos de alguien a quien se le dice que, después de un examen crítico de sus ideas, se ha encontrado que es imposible darles sentido porque están terriblemente mal formadas en un pozo de falacias y palabras con significados equivocados, claro, también debería reconocerse que hay modos especialmente filosos que consiguen cortar orgullos de acero, pero aún así, la consecución del proceso del pensamiento crítico deberá relucir por su propio mérito y allí es donde radica la correcta evaluación sobre su realización.

No es indeseable la creación de normativas éticas respecto a la forma de comunicación del examen de ideas o para el desarrollo de debates, sin embargo su lugar debería encontrarse fuera del proceso del pensamiento crítico. Contradictoriamente con las buenas intenciones que pudiesen reconocerse a los árbitros de los buenos modales, sujetar el pensamiento crítico a esas normativas sí resulta en la imposición de una verdad: la del código de comportamiento. Si no se cumple el código, entonces no se reconocerá la validez de la reflexión crítica. Esto involucra una seria problemática circular, porque que el pensamiento crítico nace precisamente para romper ese tipo de barreras que son parte sustantiva de otras formas de pensamiento, como el religioso. Esto es, el pensamiento crítico es una forma activa y creadora del escepticismo que reconoce la diferencia entre creencia y creyente, entre idea y postulante, de modo que la destrucción total de una idea, no es la destrucción de la persona, no importando que el creyente o postulante condicione su propia dignidad al respeto incondicional a sus creencias o ideas, el pensamiento crítico no cede ante ese chantaje.

¿Cómo podríamos atrevernos entonces a incrustar como parte constitutiva del pensamiento crítico una serie de normas éticas o valores morales, por más nobles y razonables que nos parezcan, logrando con ello su accidental totalización, al tiempo que se promociona a ese pensamiento como un proceso para examinar ideas que está por encima de intereses sectarios, tribales, militantes o ideológicos, que no debería ser usado para unificar pensamientos sino para examinar su diversidad sin, necesariamente, reconocerles validez?

Muchos podemos considerar que es útil la adhesión a códigos de ética o adoptar la necesidad de guiar nuestros comportamientos por valores dictados en libros sagrados, fábulas morales, o por la práctica política militante, pero en homenaje al pensamiento crítico, es obligado separar los juicios sobre el cumplimiento de esas directivas, de la fidelidad a los componentes del proceso del pensamiento crítico.

Los principios que normen qué postulantes de ideas no deben ser atendidos (por ostracismo o por privilegio) o qué ideas no serán examinadas (por ridículas o sagradas), deben permanecer en un plano de consideraciones distintos al del propio proceso del pensamiento crítico, no significa necesariamente que no deban formularse o acatarse esos principios, sino que a la crítica lo que es de la crítica, y al César lo que es de él.

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