A la salud del silencio

En algún momento me he detenido a reflexionar porqué ante ciertos eventos que merecen la atención y pronunciamiento casi obligado por cualquier persona de buena voluntad, el silencio impera.

Por ejemplo, aunque no pensaba precisamente en ello, la masacre en la redacción de la revista Charlie Hebdo. Sam Harris hacía el planteamiento de este modo: “personas fueron asesinadas por dibujar, fin de la controversia moral”. Y es cierto, no importa cuán religioso, ateo, racista, antirracista, idiota o inteligente uno sea, se supone que debe haber un principio moral rector básico: no se asesina a personas por un dibujo.

La respuesta natural, obligada a ese horripilante hecho, era manifestarse pública y escandalosamente en contra del crimen, no importa quién era el dibujante y ni siquiera qué fue lo que dibujó, a nadie se debe matar por un dibujo.

Entonces, ¿porqué hubo tanto silencio? ¿porqué si podemos casi por unanimidad acordar la verdad de esa directiva, no dijimos nada? ¿porqué guardamos silencio ante tanto discurso apologista de la violencia? ¿porqué nos hicimos chiquitos ante esa brutal injusticia?

Hay un enorme miedo en muchas personas por equivocarse en público, por manifestar una opinión que podría ser mal vista por otros, tienen “temor a cagarla”, y eso se ve todavía más amplificado cuando la persona está sujeta a alguna forma responsable de militancia política. Como un contradictorio y quizás inesperado resultado de esa responsabilidad, el silencio se hace rey, no sólo cuando así es requerido, sino también cuando es perjudicial.

El libre examen de ideas es el requisito indispensable para la concurrencia siquiera de la posibilidad de cambio en las sociedades, cuando la manifestación de ideas, de crítica, es inhibida por miedo al bullying o al error, las únicas ideas que prevalecen y son difundidas son las del conservadurismo o de la reacción. Todavía más grave el caso cuando el silencio es producto del temor a perder simpatías pasajeras, aún cuando la naturaleza de ellas sea tan evidentemente superficial en contraste con la profunda dimensión del disenso en temáticas aún más fundamentales, diferencias que tarde o temprano saldrán a flote; no importa cuán silenciosamente agradables fuimos en el camino, y además embravecidas por la autocensura previa. La realidad nos va a alcanzar tarde o temprano, y no será tan amigable como uno pretendió ser, la ironía estará en la respuesta que demos cuando se nos cuestione “¿y porqué no criticaste eso antes?” y tengamos que decir, con toda honestidad: “estaba siendo buena onda”.

A la salud del silencio, pues. Qué mas da.

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