Sobre la humildad y la soberbia

Cuál sería para ustedes el caso de seguir mis publicaciones si no es para divagar junto conmigo en algún momento sobre algún tema que es totalmente intrascendente en la gran e importante agenda de asuntos nacionales que ocupa la mayor parte de nuestra atención.

Así que estoy casi seguro que ustedes, como yo, disfrutarán distraerse un par de minutos reflexionando sobre esa acusación que al menos yo he recibido en más de una ocasión: el ser soberbio.

La palabra soberbia proviene del latín superbia, un sustantivo que significa orgullo o pomposidad, conceptos vinculados con la vanidad en esa lengua muerta, el significado en nuestros días no dista mucho de eso.
La soberbia en el mundo griego antiguo era lo ilícito, aquello que llevaba a las personas a cometer actos contrarios al destino, lo propio del orgulloso que ignoraba su suerte. En la tradición cristiana, tan contradictoria como de sí pudiera ofrecerse, la soberbia es uno de los pecados capitales que, por supuesto, tenían que ser aquellas conductas empíricamente apreciables como parte de la propia naturaleza humana, así lo razonó Tomás de Aquino, y siguiendo a su escuela, la soberbia es entendida como el máximo pecado capital, es lo que condenó a Lucifer por pretender ser igual que Dios tal como John Milton dibujó en su epopeya bíblica “El paraíso perdido”.

La soberbia es la sobrevaloración que un sujeto hace de sí mismo pero siempre en detrimento del valor del otro, claro, cómo podría medirse ese exceso de valor si no es en comparación con una dimensión de lo normal, sin embargo esta normalización es algo tramposa, a la soberbia se le contrapone la humildad, que es otro término extremo cuya raíz etimológica significa “lo que está bajo de la tierra” o “debajo del nivel de ella”, de nueva cuenta es la tradición cristiana la que forma nuestro lenguaje y otorga a la humildad el carácter de virtud como el reconocimiento de la propia insignificancia individual frente a su trascendencia en la existencia dentro del plan divino. Si bien lo anterior es un significado eminentemente teológico, su consecuencia es heredada por otros ámbitos del conocimiento.

Parece ser extraordinariamente sencillo juzgar la soberbia con la que se conduce una persona en comparación con el esperado comportamiento opuesto extremo, que es la humildad, lo que no resulta tan simple es observar que esas características no sean intrínsecas al comportamiento de las personas sino más bien a la percepción que nosotros tenemos acerca de ellos. La humildad y la soberbia parecen polos entre los cuales fluctúa la aceptabilidad del comportamiento del otro, sin embargo no existe definición para el término medio, la situación nula, aquella en la que se puede partir como un cero en una escala de graduación de virtud en un extremo y vicio en el otro. ¿Qué clase de regla moral (distinción entre el bien y el mal, la virtud y el vicio) es la que mide dos extremos que no parten de ningún centro objetivamente cuantificable?

Es cierto que no existe una regleta moral que permita establecer límites objetivos convenidos socialmente sobre cuáles son los comportamientos humildes y cuáles los soberbios partiendo de estándares nulos o medios. La humildad o soberbia, la virtud o el pecado son conceptos absolutos que aplicamos para calificar los actos del otro, es cierto, algunas veces partiendo de ejemplos o parábolas previamente escritas en libros sagrados, fábulas o proverbios populares, que están necesariamente enraizados en una cosmología o al menos en un costumbrismo derivado de tradiciones ancestrales que a su vez tuvieron su origen en observaciones anecdóticas y conocimientos empíricos sobre la correlación entre eventos sociales o naturales y actos individuales, alejados totalmente del raciocinio del descubrimiento y comprensión de alguna relación casuística.

La calificación de humildad o soberbia no es objetiva, sino subjetiva, nos dice más de quien realiza el juicio, que de la persona juzgada; nos habla de sus expectativas, de sus deseos, de sus temores, de su receptividad a la crítica, de su oposición a escuchar. La humildad y la soberbia son etiquetas que con el nombre del otro colocamos a nuestra capacidad de percepción de un mensaje, o un paso más adelante, es la expresión más sincera de nuestra autovaloración frente al otro.

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Una respuesta a “Sobre la humildad y la soberbia

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