El caso Rushdie, revelador de la hipocresía y el fascismo en occidente

Salman Rushdie es uno de los más importantes escritores de nuestro tiempo y quizás de los más detestados por los cardúmenes de pirañas envidiosas que nadan alrededor del mundo de la literatura, pero esas criaturas no son de temer. El mayor peligro que enfrenta el escritor es el que promulgó en 1998 el ahora extinto Ayatollah Ruhollah Komeini, quien fue el máximo líder político y religioso de la revolución islámica en Irán (1979), una fatua o sentencia que ordenaba a todo fiel musulmán en cualquier parte del mundo asesinar a Rushdie y a sus editores.

Salman RushdieLa condena del peligroso líder fanático fue la respuesta a una protesta de más de 10,000 pakistaníes furiosos frente al Centro Cultural Americano en Islamabad (seis manifestantes fueron asesinados durante la refriega en la que se evitó el asalto al Centro). ¿Y porqué protestaban? Por la publicación en Europa de la nueva novela de Rushdie titulada “Los versos satánicos“, una joya de la literatura contemporánea que Christopher Hitchens reseñó atinadamente como la más brillante contraposición intelectual de la ironía contra la mente literalista, del empirismo contra el dogmatismo, de la tolerancia contra el fanatismo. Rushdie usó los mecanismos irracionales de interpretación y ajuste de las contradicciones en las revelaciones del Corán para escribir una ficción, eso fue suficiente para que el fundamentalismo barbárico islámico ordenara su muerte.

Pero si nos resulta sencillo olfatear y descubrir lo maligno de las instrucciones homicidas del líder iraní, es un poco más complejo darnos cuenta de la suciedad en nuestra propia casa, en Occidente. Ustedes leerán en próximos días a algunas personas trivializar la amenaza a la vida de Rushdie, o incluso bromear con el supuesto beneficio que obtuvo el escritor de ganar fama (obviamente no están enterados que Rushdie ya era un escritor reconocido previamente), lo que no leerán de ellos es de qué estamos hablando realmente respecto a la amenaza y violencia que apareció incluso antes de la fatua iraní, desde 1989, con la primera publicación del libro.

Feature-Cohen_0Podemos contar entre las víctimas a Hitoshi Igarashi, el traductor del libro al japonés que fue asesinado en la fiebre fanática por destruir la obra y a su autor, quien para esa fecha ya vivía escondido. Se perpetraron varios intentos de homicidios contra otros traductores y un editor, 78 librerías norteamericanas habían recibido amenazas en 1989, se realizaron ataques con bombas a librerías en Berkeley, California, la oficina del diario comunitario “The Riverdale Press” en Nueva York fue destruida por bombas molotov, en Inglaterra dos grandes ataques con bombas destruyeron las librerías Collets y Dillons en Charing Cross, Londres, a las que le siguieron otros bombazos en el pueblo de High Wycombe y nuevamente en Londres, esta vez en Kings Road. Un departamento explotó en York, en un caso relacionado con otro ataque a la librería Penguin; dispositivos explosivos fueron desactivados en las tiendas Penguin de Guildford, Nottingham y Peterborough. Podrán darse cuenta de la gravedad de la situación, es probable que como en ningún otro caso en la historia reciente nos enfrentáramos al más grande peligro de imposición mundial de la violencia sectaria del fanatismo religioso.

La infame trivialización no es reciente, durante lo más álgido de los ataques con bombas, amenazas, homicidio y agresiones físicas, prominentes escritores, políticos y líderes religiosos de distintos credos en Europa y los Estados Unidos, desde la izquierda y hasta la derecha, de manera casi unánime acusaron a Rushdie de ofender los sentimientos islámicos y ser provocador de esa violencia. Ríos de letras fluyeron para guiar a la opinión pública al aislamiento del escritor, lograr que el gobierno británico retirara la protección de su servicio secreto y dejar que el fundamentalismo islámico se encargara de asesinarlo e imponer por la vía del terror lo que sus Partidos Políticos e Iglesias “moderadas” no habían obtenido legislativamente: minar la libertad de expresión e imponer una prohibición para hablar de religión y, de paso, sobre cualquier otra cosa que moleste a algún grupo de poder. El entonces presidente George H. W. Bush dijo que no había intereses americanos involucrados en la polémica; intelectualoides como Germaine Greer, John Berger y John Le Carré declararon que “entendían el insulto”; líderes católicos como el Papa en persona, el arzobispo de Nueva York y el gran rabino Británico se sumaron a la condena de las “ofensas” contra el islam.

Defender a Salman Rushdie significa defender los logros más preciados de la Humanidad como el raciocinio y la libertad, significa oponerse a la barbarie de la criminalización de las palabras, de la imposición de la intolerancia bajo la forma del derecho a no ser ofendido, de la amenaza del terror y la muerte para reivindicar las normas sectarias de un grupo humano sobre las soberanías del resto de los pueblos del mundo.

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