Recordando a las víctimas

Sobreviviente del Holocausto.

Itzu Weiss, sobreviviente del Holocausto.

Conocí a Itzu Weiss en casa de unos buenos amigos en Cuernavaca hace ya bastantes años a donde acudí con motivo de una plática en la que participé para presentar una recopilación de testimonios de algunos de los supervivientes del Holocausto que vivían refugiados en México.

Ella nació en lo que ahora conocemos como Rumanía, en la región de Transilvania, con mucho humor y buenos resultados impresionaba a los asistentes más jóvenes diciéndoles que era descendiente del Conde Drácula.

Itzu nos contó que fue arrancada de su hogar siendo a penas una niña, que junto a toda su familia fue trasladada en tren como ganado a un campo de concentración nazi y cómo sus seres queridos y todos los extraños fantasmas prisioneros en ese lugar fueron exterminados. Su libertad le fue devuelta hasta el tiempo en que ella y el restante grupo de prisioneros fueron liberados por las fuerzas aliadas inglesas y soviéticas. Dejaré que escuchen con más detalle esta historia en voz de la propia Itzu, grabada para un proyecto de salvaguarda de testimonios de sobrevivientes refugiados en México, en el video adjunto al final de esta página.

Esa noche fui invitado a la tertulia de las damas anfitrionas del evento principal, valerosas y estridentes simpatizantes del zapatismo, y ahí pude conversar largo rato con Itzu. Tengo grabado en la mente la imagen de la gentil sonrisa compasiva con la que rompió el trance de rabia en el que yo estaba atrapado cuando examiné sin recato el registro numérico de prisionera que le fue tatuado en su antebrazo izquierdo, recordatorio vitalicio de su secuestro en Auschwitz.

En su piel estaba marcada la enseñanza de las consecuencias del totalitarismo y su guerra, pero en su mente estaba la intención de inculcar la paciencia y el amor como receta para prevenir la maldad y la violencia.

Itzu se estremecía de emoción al contar que siempre recordaba las brillantes luces de aquel puerto (probablemente el de Veracruz), donde el hacinado barco que la transportaba finalmente atracó para dejarla abandonar del otro lado del océano a una de las más terribles pesadillas que ha sufrido la humanidad en tiempos recientes. No cabía el asombro en aquella niña, que sólo había salido de su pequeño pueblo natal para ser encerrada en un campo de exterminio, al ver tantas luces emergiendo del oscuro horizonte a medida que el barco se aproximaba a su destino. —Esas luces― repetía Itzu, —esas luces…—

Nunca olvidaré a Itzu, los horrores que sufrió, pero especialmente recordaré su ferviente esperanza en la capacidad humana para hacer el bien, en pocas ocasiones he tenido oportunidad de escuchar directamente la palabra de un refugiado de guerra, y la palabra de Itzu iba más allá del agradecimiento con nuestro pueblo, nos había adoptado como a su propia familia.

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